La mañana en que el cartógrafo terminó el último mapa, el agua había llegado ya al umbral de la biblioteca.
Mira Okonkwo no esperó. Llevaba meses copiando los volúmenes a mano, no para salvarlos del agua, sino para repartirlos: cada vecino se llevó un libro, y el catálogo dejó de estar en un edificio para vivir en un pueblo entero.
Si el mar quiere la biblioteca, tendrá que llevarse también a cada uno de nosotros.
El cartógrafo miró su mapa terminado y, por primera vez, sonrió. En el papel, la biblioteca seguía sin aparecer. Pero alrededor de la costa había dibujado, con trazo pequeño, noventa y un puntos: las casas donde ahora vivían los libros.
—No la salvé —dijo—. La multipliqué.
Se marchó con la siguiente marea. Dicen que sigue dibujando costas que aún no existen, en algún pueblo que todavía no sabe que va a necesitarlas.