El cartógrafo llegó el invierno en que el mar empezó a subir sin prisa, como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.
Se instaló en la última casa del muelle y pidió papel, mucho papel. Durante semanas no hizo otra cosa que dibujar. Pero sus mapas no mostraban el pueblo tal como era: mostraban el pueblo tal como sería cuando el agua terminara su trabajo.
El mar recuerda lo que los hombres se empeñan en olvidar.
Mira Okonkwo, que catalogaba en la biblioteca todo lo que la marea devolvía, fue la primera en notarlo. En los mapas, la biblioteca ya no estaba.
—¿Cuándo? —le preguntó una tarde.
—Pronto —dijo él, sin levantar la vista—. Pero los libros no tienen por qué ahogarse. Para eso la dibujo: para saber qué hay que salvar primero.
Esa noche, por primera vez, Mira soñó con estanterías flotando mar adentro, intactas, esperando lectores que aún no habían nacido.
Continuará.