Arturo estaba cansado y frustrado. Luego de diez años en la compañía, sentía que ya nada de lo que hacía lo llenaba. Sus primeros años fueron maravillosos. No por la labor en sí: lo cierto era que nunca le apasionó eso que hizo durante tanto tiempo. Era sentirse rodeado de sus compañeros lo que lo llenó de anécdotas y de historias que tantas noches se repitieron en las juntadas. Muchos de sus compañeros realmente necesitaban el trabajo. Arturo era un caso especial. Él simplemente buscaba optimizar su tiempo de forma que le permitiese desarrollar sus proyectos personales, de los cuales esperaba, en algún futuro, sacar provecho para finalmente renunciar a la empresa.
Ese era el plan que había diseñado: un trabajo rutinario, operativo, con horas limitadas y controladas, con un salario decente y que requiriera la menor cantidad de energía posible. Según Arturo, cuanta más repetición, menos energía mental consumía el puesto: energía que podía usar para continuar, en un segundo plano, escribiendo poemas, creando mundos ficticios y alimentando tantas otras pasiones que lo hacían auténtico. Lo que tal vez no supo a tiempo fue que la capacidad de detectar lo inesperado se degrada con la repetición.
Todos los lunes de los últimos diez años fueron iguales: reunión semanal de equipo antes de que la cinta comenzara a pasear los productos. Nunca le encontró valor a esa reunión y siempre la consideró una pérdida de tiempo. Quizás sea eso lo que más extraña hoy.
Aquel lunes no fue igual. Los directores del área bajaron por primera vez desde que Arturo había entrado y, desde un elevador, compartieron las noticias. Todos, absolutamente todos, fueron desplazados. Excepto Arturo. Las razones que dieron fueron baratas y sin mucha imaginación. Había algo que escondían. Arturo podría haber renunciado y, aunque lo intentó, sus compañeros lo convencieron de que no lo hiciera.
Su teoría del ahorro de energía mental se había potenciado, ya que sus obligaciones también cambiaron: se volvieron más... artificiales. Tal vez esa fue la única vez que sintió que fueron sinceros con él.
«Por razones legales, éticas y de responsabilidad que dan soporte a la manufactura del producto que estamos diseñando, el gobierno espera que exista al menos un humano en la última etapa de la línea.»
La Línea fue su lugar de confort durante muchos años, pero también su punto de inflexión.
Aquel lunes de frustración fue la primera vez que actuó contra su propio plan y cuestionó la falta de respuestas por parte de los directivos. Según la empresa, por razones estratégicas de producto y de optimización de recursos reemplazaron a todo el personal de planta, dejando solo a Arturo frente a una pantalla, con un objetivo único y simple: aprobar el producto ensamblado presionando un botón. El 100 % de los productos finales ya llegaba con 500 puntos de control, desde todos los ángulos y aspectos: dirección y perspectiva, control lógico y físico, percepción ocular y atmosférica, y otros incontables, de los más creativos que jamás había escuchado. Esto lo hacía más reemplazable aún, pero la empresa necesitaba cumplir el reglamento si quería lanzar la primera versión al mercado.
A Arturo le hicieron firmar tantos acuerdos de confidencialidad que dejó de leerlos. Quedó solo, en un puesto ceremonial.
Para él, la empresa construía máquinas que construían otras máquinas, con el propósito de automatizar la industria metalúrgica. Nada más lejos de la realidad. El producto parecía ciencia ficción. Sin embargo, algunos de sus compañeros ya habían comentado que lo habían visto en acción y estaban realmente entusiasmados. Dado que Arturo no se involucraba mucho y no leía las noticias del mundo, muchas veces se encontraba perdido. Aunque no le importaba.
Hay tres leyes de la robótica según Asimov; eso lo sabía de sus lecturas:
- Un robot no puede dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
- Un robot debe obedecer las órdenes que le den los seres humanos, excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
- Un robot debe proteger su propia existencia, siempre que dicha protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
Los avances tecnológicos del mundo real lo abrumaban. No podía seguir el ritmo de las noticias. Por eso sus mundos eran de espadas y dragones.
La noche de aquel lunes sintió la necesidad de involucrarse y se puso a leer las noticias. No pasó mucho tiempo hasta que comprendió lo que era posible y lo que no. Fue un golpe duro que le costó asimilar. Se sintió como si hubiera estado en coma durante cien años y despertara en un mundo totalmente transformado.
«Ok, entonces, ¿la empresa construye robots?», le preguntó Emilia.
«Humanoides, se llaman», respondió Arturo, con más dudas que certezas.
«¿Pero para qué?»
«No lo tengo claro aún, pero los rumores internos que llegaban a la planta siempre me parecieron ficción. Los más prudentes decían que eran herramientas personales, para limpiar la casa, por ejemplo; los más soñadores aseguraban que las unidades serían autónomas, errantes en nuestro mundo. Vivirán entre nosotros, como nosotros.»
«Pero... pero... ¿cuánto tiempo tienes? ¡Tengo millones de preguntas!»
«Lo que dure esta cerveza. No creo tener las respuestas. Necesito descansar.»