La sesión de terapia y la cara hinchada de llorar le habían dejado muchas preguntas. Más de lo habitual. Y pocas respuestas. Valentina no estaba cansada de ser periodista. Una profesión que tanto le había dado... y viceversa. Estaba aburrida de contar las mismas historias. Sentía culpa por no esforzarse. En la mesa con amigos siempre intercalaba fragmentos del pasado con algo de ficción. Lo cierto era que siempre fue buena contando historias. La atención que recibía en esos momentos era dopamina pura. Lo necesitaba. Pero no tenía historias. Y otra vez, otro amanecer, otro día de oficina.
«Buenos días», dijo por lo bajo a sus compañeros. Sin café parecía no poder sostener una conversación.
«¡Hola, Valen! Felicitaciones por el nuevo proyecto, estamos todos muy intrigados», respondió Emilia, adelantando su futuro.
«¡¿Qué?! No sé de qué hablás.» Valentina ya no estaba para misterios sociales.
«Perdón, perdón. Creo que Eduardo va a hablar con vos pronto. Camilo se enfermó y parece que no va a poder cubrir a Synapse, o como sea que se llamen ahora.»
Valentina había estudiado en Londres, donde había pasado gran parte de su vida. Sus amores y desamores. Desde pequeña que sentía esa pasión por contar historias. Sus primeras fueron un compilado de dicotomías entre las personas en distintas situaciones. Con el tiempo se supo que esas personas eran todos sus vecinos de la manzana. En los últimos años de universidad conoció a su mentora, Norah, quien la introdujo en la investigación y en la urgencia de crear y compartir historias. Una chispa que, una vez prendida, nunca dejó de brillar. Aunque parecía debilitarse en el último tiempo.
No era casualidad que sus historias comenzaran a apagarse. Sus últimos proyectos habían sido vacíos, de rutina, algo que ya no llamaba la atención. Cosas en desuso, a destiempo y extremadamente deprimentes. Como las razones de las migraciones de los pájaros mestizos.
Esa mañana el universo escuchó sus plegarias: justo cuando ya tenía la decisión de dejar todo, Eduardo, su jefe, la convocó.
«Hola, Valen. Gracias y perdón por la reunión de último momento. Somos el único medio que aceptaron para cubrir el lanzamiento de Synapse, que nadie sabe qué es. Y Camilo, que iba a cubrirlo, está enfermo. Te necesitamos ahí en una hora.»
«¿Yo? ¿Seguro? Hace meses que cubro pájaros mestizos, sé poco y nada de la empresa. No sé siquiera qué hacen, ni mucho menos qué preguntar.»
«Lo sé, lo sé.» Ni siquiera se sorprendió con lo de los pájaros. «Pero simplemente necesitamos que alguien esté en esa silla, lea algunas preguntas y con eso ya nos aseguramos de continuar en el proyecto de investigación.»
«¿Leer algunas preguntas?»
«Sí. Sé que no es muy profesional, pero ellos ponen las preguntas. Perdón, pero es la única forma de ser su punto de contacto exclusivo con la prensa. Seremos los únicos que cubramos este gran y misterioso evento de la empresa más innovadora y controversial de la última década.»
«Ok, no hay problema. Pero decime la dirección.» Valentina aceptó sin dudar. Era emocionante. Aunque le daba vergüenza confesar que no tenía idea de Synapse ni de lo que hacían; prefirió preguntarles a Emilia y a internet.
«¡Gracias!... Algo más: Camilo simplemente está con gripe, esto es un reemplazo temporal. Te agradezco la ayuda. Y, por cierto, muy interesante la última historia de los pájaros mestizos», dijo Eduardo con un poco de humor, del peor. Valentina forzó una sonrisa y se retiró.
Synapse era una compañía de renombre en el mundo tecnológico. Hacía tiempo que venían experimentando e invirtiendo mucho, mucho dinero en inteligencia artificial para construir productos del futuro. Valentina usaba algo de los nuevos asistentes; era de aquellos usuarios que le dicen «gracias» al terminar una conversación. La parte controversial era cómo Synapse obtenía los recursos y... básicamente el poder que estaban adquiriendo por sobre gobiernos y países. Si bien su discurso aseguraba que querían hacer del mundo un lugar mejor, para muchos querían jugar a ser Dios y pisar cabezas. Y ya sabemos eso de Dios y los dados.
Valentina llegó a tiempo. Por lo que podía ver, la entrada y parte del edificio no parecían gran cosa. Esperaba una nave espacial estacionada en medio de la ciudad. En la recepción le pidieron firmar acuerdos de confidencialidad del tamaño de la enciclopedia universal. Leyó la primera hoja, firmó el resto en automático y confió en su destino. Se estaba divirtiendo y, aunque le daba pena no poder hacer sus propias preguntas, la tranquilizaba saber que tenía un plan ya armado por alguien. En el taxi había leído que la empresa comenzó construyendo bicicletas, pero no cualquier bicicleta: el futuro del transporte, según decían. El proyecto fracasó, o lo cancelaron pronto, para pivotear hacia maquinaria industrial autónoma. Un gran salto. Durante años, en plena crisis, estuvieron como escondidos; nadie supo mucho hasta los últimos dos años, cuando lanzaron el modelo de inteligencia artificial más capaz a la fecha. También aprendió que existían muchas otras empresas haciendo lo mismo, pero que de un modo u otro terminaban absorbidas o «eliminadas» por ellos, lo que hacía que prácticamente no tuvieran competencia de mercado.
Valentina aprendió la teoría, la práctica y lo controversial en veinte minutos de taxi. Suficiente para un día de reemplazo. No estaba nerviosa, pero la previa le daba ansiedad. Algo que al menos los pájaros mestizos no.
«Buenos días, señorita Valentina», dijo el coordinador del evento. «Queremos agradecerle en primer lugar por la cobertura y recordarle amablemente que todo lo que vea y ocurra en esta sala será supervisado y aprobado por nosotros. En su mano tiene una hoja con las preguntas que debe realizar. De ahora en más, usted y nosotros seremos compañeros de equipo hasta que el proyecto finalice.»
«Eh... gra... cias. Simplemente hago el reemplazo de un compañero enfermo y, aunque me gustaría continuar con... eso... que hacen...», decía con vergüenza. «Es mi primer y último día, como dicen.» Sonrió sonrojada.
«Veremos cómo se desarrollan los eventos. Tome asiento: en breve entra el presidente.»
«¿Qué eventos?», pensó.
En el último café que compartieron, tres años atrás, Norah le había mencionado tantas cosas de los avances de la inteligencia artificial que la abrumaron. Valentina no era una gran amante del futuro ni de la tecnología. Le gustaba la nostalgia. Sus historias eran acerca de cosas que ya pasaron y que se conectaban con sus realidades.
«Bienvenidos, y muchas gracias a los millones de personas alrededor del mundo por la atención. Hoy serán testigos de un hito histórico, un anuncio que cambiará la vida de la humanidad, y que lo hará gradualmente, de la forma más orgánica posible y desde lugares que ni nosotros podríamos predecir. Como muchos saben, Synapse trabaja desde el día cero, día y noche, para mejorar el mundo en que vivimos, creando los cimientos del futuro para nuestros hijos», abría el presidente el evento.
Mientras tanto, Valentina moría por dentro. «¡¿Qué es este discurso de película de héroes americanos?!», pensaba. «La última vez que chequeé, ellos hacían máquinas industriales. ¿De qué hijos me habla?»
«... hoy estamos muy felices de anunciar dos noticias. La primera es acerca de nuestra identidad. Hace años que representamos a la industria más innovadora del último siglo, pero lo cierto es que mucha de esa innovación y disrupción ha sido de puertas para adentro. Años de investigación, de fracasos y aciertos, nos trajeron a este momento. Seremos la guía y el sustento de toda la humanidad. Sin más preámbulo, tengo el honor de anunciar y presentar el lanzamiento del primer humanoide completamente autónomo, al mundo y para el mundo. En la misma línea, desde hoy seremos conocidos como HumanX, y todas nuestras actividades pasan a estar en pos de un gran objetivo: lanzar al mundo miles de humanoides que ayuden a las personas de todos los rincones a cumplir sus sueños. Ahora sé que hay muchas preguntas. Para eso nos acompaña Valentina, quien cubrirá desde hoy todos los eventos relacionados con HumanX. Muchas gracias, Valentina. ¿Preguntas?»
«¿Qué... carajos... es... un... humanoide?», pensó Valentina, recordando las tantas discusiones con amigos que la consideraban afuera de este mundo.
Por un instante no recordó ni el nombre ni el rol de quien hablaba.
«Gracias... a... usted... señor presidente.» En su vida había estado tan sonrojada y nerviosa. Le transpiraban las manos. Bajó la cabeza y, sin pensar mucho, comenzó a leer. «Felicidades por la excelente noticia. ¿Qué podemos esperar de este lanzamiento? ¿Cuándo y dónde será?»
«Buenas preguntas. Lo cierto es que lo único que podemos saber a ciencia cierta es el día y el lugar del evento, pero desconocemos el futuro después de eso. Y, como elemento aún más atractivo, no revelaremos tales datos, para demostrar la autonomía y las capacidades del humanoide, el cual se comportará como todos nosotros: como un amigo, un vecino, un compañero, un jefe. Queremos, como parte del lanzamiento, demostrar que la tecnología no solo transforma sino que eleva. Este día y los que vendrán no serán ciencia ficción sino nuestro futuro. Lanzaremos el primer humanoide dentro de los próximos treinta días, en algún lugar del mundo. A partir de ese momento, todo será una especie de aventura.»
«¿Aventura?... Perdón», pensó en voz alta, totalmente escéptica. Bajó la vista y continuó: «¿Cómo lucirá el humanoide? ¿Qué capacidades tendrá?»
«Nos reservamos los detalles. Lo que podemos asegurar es que lucirá como nosotros, como humanos. Y en cuanto a las capacidades... bueno... las mismas que nosotros: comer, dormir, hablar, leer, aprender, viajar en medios de transporte y hasta, increíblemente, soñar. Aunque lo cierto es que sus sueños serán artificiales, generados para desarrollar una conciencia humana.»
«¿Las mismas que nosotros? ¿Incluye sexo?» Lo volvió a hacer: fue automático desviarse del libreto. «Perdón, señor presidente. Esa no era la pregunta. La pregunta era: ¿cómo se enfrentará a las regulaciones, leyes y reglas de nuestra sociedad?»
«Jaja. Por su primera pregunta: permitámonos sorprendernos. El producto será autónomo. Aprenderá, se adaptará, y en algún momento creemos que sentirá tanto como los humanos; ahí es donde volveremos a juntarnos usted y yo para responder juntos esa pregunta. Con respecto a las reglas: el producto fue configurado con las reglas justas iniciales para continuar su camino, ya sabrá qué hacer. Y, por cierto, puede llamarme por mi nombre: Celestino.»
Valentina, asombrada, volvió a salirse del plan:
«Señor pre... Celestino, gracias. Dado que "el producto" no es humano, y que hay tantas leyes creadas solo para humanos, ¿podríamos asumir que podría actuar de forma peligrosa para los ciudadanos?»
«Me gusta su curiosidad. Si algo puedo asegurar es que el humanoide se cree humano, y como tal cumplirá las leyes al pie de la letra.»
«Pero, por ejemplo, no podrá cruzar fronteras sin documentos, ¿verdad?»
«Bueno, eso lo sabremos a medida que avancemos: el producto tiene autonomía, inteligencia y un razonamiento adaptativo que podría resolver ese desafío. De momento le agradecemos su cobertura y sus preguntas, y la esperamos en el próximo encuentro, después del lanzamiento. Hasta luego.»
Valentina fue acompañada a la salida en silencio. Salió con una extraña sensación: tenía ante sus ojos la historia que tanto buscaba, pero no la iba a poder llevar a cabo. Regresó a su oficina y un pasillo de aplausos le dio una cálida bienvenida. De alguna manera se sentía heroína de algo que aún no comprendía. Eduardo la llamó.
«Estuviste muy bien. Te felicito.»
«No tanto: me salí de sus preguntas. Perdón, fue más fuerte que yo. Es que no puedo creer lo que está a punto de pasar; soy de una generación a la que recién de adolescente le llegaron los primeros teléfonos. Entiendo si tenés que tomar medidas, si perdimos la cobertura por mis acciones.»
«No solo no perdimos la cobertura: también te quieren a vos. Fue su condición.»
«¿Y Camilo?»
«Camilo tiene pájaros mestizos que cubrir.»