Jeremías había soñado con laberintos. Algo recurrente en los últimos meses. Algo o alguien solía perseguirlo. Él corría, escapando sin importar la salida del laberinto. Por alguna extraña razón, no podía correr a todo su potencial. Se sentía como arrastrado por hilos invisibles. Lo que más lo sofocaba era la ansiedad por elegir el camino correcto. Tenía segundos para decidir. Siempre eran dos o tres y siempre se preguntaba cuál era el correcto. Trataba de buscar patrones, símbolos, señales que le facilitaran la decisión. Pensaba mucho en Alicia en el país de las maravillas, y eso tal vez lo tranquilizaba. De alguna forma, algo siempre le indicaba que era un sueño. Y era en ese momento cuando despertaba. Siempre pensó que poder controlar la misteriosa arquitectura y el guion de un sueño sería como alcanzar el punto máximo de su vida. De poder hacerlo, podría diseñar sus propios mundos, tierras lejanas donde escapar de la realidad o simplemente darse habilidades extraordinarias como volar o leer mentes. Cuando abría los ojos, siempre estaba ese vacío que le dejaba recordar solo una parte. «¿Qué hay detrás del árbol amarillo?», se preguntaba, entre tantas otras cosas. Quizás debería cambiar la estrategia y finalmente escribir en ese anotador que le había regalado Emilia, su novia.
Los últimos meses se encontraba agotado. Trabajar de forma remota ya no era como solía ser durante la gran pandemia. Quería ver gente, otra gente. Parte de su rutina era desayunar mientras asistía a la reunión diaria con su equipo. Un equipo distribuido por todo el mundo. «¿Qué frase tendrá la remera de Anton hoy?», «Clarice cambió el cuadro, me gustan los colores», pensaba.
Tal vez el agotamiento no hubiese sido tanto de no ser por la sobrecarga constante de información de sus redes sociales, foros y grupos de chat laborales, que no hacían más que multiplicar su ansiedad. Le angustiaba saber que mucho de lo que hacía hoy podría cambiar mañana. La velocidad con la que la inteligencia artificial se divulgaba era proporcional a lo preocupado que terminaba sus días.
Era un sentimiento extraño. A Jeremías le fascinaba la tecnología y la increíble capacidad de creación de mundos digitales que hoy utilizaba. No era como en sus años previos a semejante innovación. En su equipo existía esa división invisible entre los de la vieja escuela y los de la nueva, las generaciones más jóvenes. Este último grupo comenzó cuando todo ya era novedad y progreso. No vivieron la transformación del primer grupo. Muchos de estos quedaron en el camino junto a la falsa promesa de que eran cosas temporales. En cambio, a Jeremías siempre lo sedujo la magia de esta ola. Sus proyectos se concentraban en el diseño e implementación de escenarios digitales para juegos de rol online. Incluidos los personajes y sus habilidades. Siempre le gustó esta industria. Sus primeros años fueron como empleado de algunos laboratorios donde exploraban nuevas técnicas. Esa fue su escuela, la vieja escuela. Con el tiempo, se cansó de tanto experimento y sintió el deseo de crear sus propios productos, pero la necesidad de inversión lo hizo aceptar trabajos de poca creatividad con el afán de recaudar lo suficiente para concretar sus ideas y hacerlas reales.
Emilia era su compañera. Amigos desde la infancia. Habían sido años difíciles para ella en el aspecto laboral. Su percepción de los avances tecnológicos no había sido del todo positiva ni alineada con la de Jeremías. La frustración ya era una constante en la vida de Emilia. Trabajaba para la editorial que, en otras circunstancias, podría verse como un gran impulso para hacer lo que más le gustaba, que era el diseño. Las tardes de fin de semana le encantaba llevar sus cosas para pintar al aire libre, cuanto más cerca del agua y los árboles, mejor. Pintaba mayormente los paisajes que la rodeaban. En sus comienzos hasta llegó a vender algunas de sus obras, lo cual le dio más ánimo y deseo de continuar por ese camino. En los primeros años en la editorial pudo participar en innumerables proyectos creativos junto a expertos que le enseñaron mucho. Hoy estaba sola en el mismo escritorio. La tecnología que siempre supo acompañarla hoy parecía reemplazarla en muchos aspectos. El sentimiento era por momentos devastador.
Fue una tarde previa al anuncio cuando ambos se confesaron angustiados por primera vez. De intereses independientes a un lazo estrecho que los sostenía. Pero había rastros de optimismo.
«Tenemos que encontrar nuevas formas de reinventarnos», solía decir Emilia. «Si pretendemos seguir la ola con pensamientos tan apocalípticos, no creo que duremos mucho.»
Habían pasado veinticuatro horas desde el anuncio y cuarenta y ocho desde su última pesadilla.