Tenía noventa y un relojes y ninguno funcionaba. Cada uno se había detenido en un minuto distinto, y ella podía decirte, sin dudar, qué se había perdido en cada uno: un tren, una carta, una mano que se soltó en la estación.
Cuando murió, los vecinos le dieron cuerda a todos a la vez. Dicen que el pueblo entero, por un instante, recordó cosas que no había vivido.